He estado dos veces en “el bote”, nunca por voluntad propia, y ambas ocasiones han sido unas de las experiencias más desagradables que he tenido como ser humano.
Antes de que usted, querido lector, piense en un servidor como un ex presidiario le contaré que hace algunos ayeres presté mi servicio como voluntario en un cuerpo de rescate y primeros auxilios en mi ciudad natal.
Un sábado por la noche recibimos una llamada de la barandilla de policía municipal pidiendo una ambulancia. De inmediato nos dirigimos hacia la comandancia (que tiene celdas de detención preventiva) y preguntamos por el paciente. De inmediato un policía nos pidió que lo siguiéramos por un par de angostos pasillos. Llegamos hasta una puerta de acero resguardada por otro oficial que abrió con una llave el gigantesco candado que aseguraba el cerrojo.
El pasillo era semi oscuro con una pequeña ventana abarrotada de no más de 30 centímetros al fondo y un par de lámparas que medio iluminaba nuestro camino. Un paramédico y un servidor pasamos apresuradamente entre las celdas hasta llegar a la número 6.
La celda era un espacio de 3 m por 3 metros, sin iluminación y en medio estaba un hombre en shorts envuelto solo una cobija (olvídese usted de una cama o un colchón, luego me explicaron que esa cobija era lo único que les daban a los internos para pasar la noche) En una de las esquinas de la celda pudimos ver un hoyo de unos 15 centímetros en el piso. Ese hoyo era el “sanitario” donde los presos hacían sus necesidades fisiológicas, podrán ustedes imaginar que el olor a orines y a mierda era prácticamente insoportable.
El paciente, un hombre de unos 35 años, había sido detenido el día anterior bajo sospecha de haber robado autopartes, nos aproximamos a él y le preguntamos qué le pasaba (hasta ese momento nadie nos había dicho por qué nos habían llamado). El policía que nos acompañaba le dijo que le mostrara lo que se había hecho. El hombre procedió a abrir la cobija y mostrarnos los brazos que había mantenido doblados en todo momento y vimos cómo cubría sus heridas con unos apósitos improvisados hechos de papel de baño. Nos dimos cuenta entonces que tenía un par de heridas cortantes consistentes con un intento de suicidio. Recuerdo perfectamente el chorro de sangre que manchó mi camisa cuando extendió el brazo derecho para su revisión. El daño a las venas requería de atención médica hospitalaria, sin embargo, el policía se negó a dejarlo salir “sin órdenes superiores”. En más de una ocasión nos dijo que “con una gasa o un curita” era más que suficiente y que “cómo exagerábamos”.
Para convencerlo tuve que aplicar presión a la altura del bícep y medio lavar la herida para mostrarle al policía que la vena estaba cortada y que el paciente, en efecto, necesitaba una sutura. Después de más de 15 minutos de atención y ante la amenaza de retirarnos del lugar dejando por escrito la negativa de dejarlo salir, el comandante permitió el traslado con la condición de que nos acompañara un policía.
Ya en la ambulancia, le pregunté el paciente acerca de sus heridas. El interno me dijo que había quebrado sus lentes y decidido suicidarse porque no aguantaba estar encerrado injustamente y no aguantaba las golpizas que le estaban dando los policías para hacerlo confesar. Además me dijo que no había comido en dos días porque los custodios les cobraban la comida y el no tenía recursos para pagarla. Todavía me parte el corazón recordar el llanto de un hombre adulto ante tal abuso y lo que tuvo que haber pasado por su mente para tomar una decisión de ese tipo.
La ministra Yasmín Esquivel dijo en su deposición que “hay que hacerle justicia a los miles de víctimas”, esto en el marco de la discusión de la constitucionalidad de la prisión preventiva oficiosa México. Yo no lo creo así.
Creo firmemente que la prisión preventiva ha creado una generación de ministerios públicos perezosos que encierran injustamente a una buena parte de los sospechosos sin la más mínima investigación y bajo cualquier pretexto.
También creo que hay muchos criminales que aprovechan la pereza de los ministerios públicos para delinquir a sabiendas de que con un abogado medianamente bueno y ante la falta de investigación de campo, pueden salir libres.
En otros países una sospecha de robo como la que motivó el arresto de nuestro paciente tendría que ser investigada por la policía, corroborada oficialmente con al menos dos testigos y presentada ante un juez para la obtención de una orden de arresto. En cambio, el ministerio público mandó a arrestar a este individuo basado en chismes de vecindario sin corroborar e intentaron sacarle una confesión a punta de madrazos.
Hay otro aspecto del que nadie habla, las prisiones preventivas son un negocio: Amigos que han trabajado en el sistema penitenciario me dicen que una prisión mediana puede generar hasta 1 millón de pesos en un mes solo con la venta de privilegios a los internos: Camas, droga, comidas, celulares, agua, sexo, sanitarios; todo tiene un costo. Quien realmente tiene el control, el poder y el dinero de una prisión es el jefe de custodios. Ahí hay mucho dinero y no lo quieren dejar ir.

Estar preso por cualquier motivo debe de ser una muy mala experiencia. Estar preso en México es una experiencia desgarradora a grado tal que aquel hombre intentó suicidarse.
Al regresar a la central platiqué con mi compañero y le dije: Yo no sé que tenga que hacer, pero te juro que nunca voy a caer en la cárcel.